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¿Quién enseña a nuestros hijos?

El pasado 25 de octubre (2015), el Sínodo de los Obispos sobre la Familia terminó y emitió un documento titulado Relación Final. El documento contiene una problemática declaración que ha causado preocupación.

Se trata del parágrafo no. 58, que dice: “La familia, aunque sigue siendo el espacio primario de la educación (cf. Gravissimum Educationis, no. 33), no puede ser el único lugar donde se enseñe acerca de la sexualidad” (el énfasis es nuestro). Esta declaración debió ser rechazada y reemplazada por un texto más preciso sobre el papel y el deber de los padres de familia. El capítulo en el cual esta aseveración se encuentra parece intentar enfocarse principalmente en las necesidades de la familia y en ayudar a los padres. Sin embargo, la ambigüedad de este punto tan crucial deja la puerta abierta de par en par para la mala interpretación y la manipulación. Por ello es que me ha dejado perplejo y preocupado el apoyo que la inmensa mayoría de los obispos le dio a la Relación Final: de los 265 votos elegibles, hubo 251 afirmativos y sólo 14 negativos. En todo el mundo, las familias enfrentan sistemas educativos estatales que han decidido imponer programas de “educación” sexual e ideología de “género”, que incluyen la aceptación del homosexualismo, la promiscuidad sexual, la anticoncepción y el aborto. La integridad moral de nuestros hijos es el objeto de brutales ataques por medio de estos programas. Los padres tienen el derecho y la responsabilidad moral de proteger a sus hijos de los mismos. Por ese motivo, los padres merecen y necesitan un apoyo absolutamente claro y sin ambigüedades por parte de la Iglesia en este asunto tan importante.

Durante su visita pastoral a Las Filipinas en enero de 2015, el Papa Francisco dijo a los padres de familia que rechazaran la “colonización ideológica” proveniente de los países ricos: Se les ha dado un rol que desempeñar en cuanto a reconocer los peligros para las familias y a protegerlas de las nuevas ideologías. Hay una colonización ideológica que intenta destruir a la familia, frente a la cual tenemos que tener cuidado. Enfrentamos el reto de una redefinición del matrimonio y de la apertura a la vida. Como familias tenemos que tener mucha sabiduría y fortaleza ante esta colonización que amenaza con destruir a la familia. El texto del parágrafo no. 58 parece contradecir la clara doctrina de la Iglesia, que enfatiza la autoridad de los padres en la educación de sus hijos o en la cuidadosa delegación y supervisión de dicha educación: La educación sexual, derecho y deber fundamental de los padres, siempre debe ser llevada a cabo bajo su guía atenta, ya sea en casa o en los centros educativos que ellos mismos escojan y controlen. En este punto, la Iglesia reafirma la ley de la subsidiaridad, la cual la escuela está obligada a observar cuando coopera en la educación sexual, asumiendo el mismo espíritu que anima a los padres (San Juan Pablo II, Familiaris consortio, no. 37). La Iglesia se encuentra bajo una enorme presión por parte de la cultura secular actual de adoptar el mismo lenguaje ideológico de dicha cultura. Pero los Padres Sinodales pudieron haber rechazado fácilmente esta presión simplemente reafirmando la doctrina perenne de la Iglesia. Podrían haber citado documentos como La carta de los derechos de la familia – la cual todavía no ha sido implantada plenamente – que aborda el tema de los deberes y el papel de los padres hacia sus hijos, y reitera la obligación de la Iglesia y el Estado de respetar y proteger a los padres de intrusiones y manipulaciones. ¿Qué quiere decir la Iglesia cuando proclama que los padres son los principales educadores de sus hijos? Quiere decir que los padres enseñan a sus hijos desde la infancia y la niñez, y luego durante la adolescencia, hasta que alcancen la edad adulta. Quiere decir que ellos son los primeros en autoridad, deber y capacidad para educar a sus hijos, para prepararlos para esta vida y, más importante aún, para la vida eterna. Los padres no tiene solamente un “lugar privilegiado” entre otras personas o entidades en cuanto a la educación de sus hijos. La doctrina de la Iglesia es perfectamente clara cuando dice que los padres, al cooperar con Dios en la transmisión de la vida, tienen el derecho inalienable de educar a sus hijos, como lo enfatiza el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: En la labor educativa, la familia forma al hombre en la plenitud de su dignidad personal en todas sus dimensiones, incluida la dimensión social. De hecho, la familia constituye una comunidad de amor y solidaridad, que está singularmente capacitada para enseñar y transmitir valores culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos, que son esenciales para el desarrollo y el bienestar de sus propios miembros y de la sociedad (no. 238). El derecho y deber de los padres de educar a sus hijos es esencial, ya que está vinculado a la transmisión de la vida; es original y primario respecto del papel educativo de otros, debido a la singularidad de la relación de amor entre padres e hijos; y es irremplazable e inalienable, y por tanto, incapaz de ser totalmente delegado a otros o usurpado por otros. Los padres tienen el derecho y el deber de impartir una educación religiosa y una formación moral a sus hijos, un derecho que el Estado no puede anular sino que tiene que respetar y promover. Este es un derecho primario que la familia no puede descuidar ni delegar (no. 239). No debemos estar preocupados solamente ante el mundo secular, sino también ante la escandalosa desintegración de la educación católica en EEUU y Europa. La inadecuada formación catequética y el disenso contra la auténtica doctrina católica han estado socavando cada vez más a generaciones enteras de familias y jóvenes católicos. Por ello es que la declaración del parágrafo no. 58 debe ser objeto de una grave preocupación. Necesitamos que la Iglesia se pronuncie con toda claridad en estos temas tan importantes. Si la Iglesia quiere sinceramente ayudar a los padres y a las familias, así como fortalecer la belleza del matrimonio sacramental, entonces necesita realizar una transformación de raíz a favor de la auténtica doctrina en las escuelas parroquiales, las universidades, los centros de formación religiosa y los programas parroquiales de formación doctrinal y sacramental. Después de todo, es allí donde los problemas se originan y empeoran. El motivo que se presentó para convocar el Sínodo Extraordinario y el Ordinario sobre la Familia fue el de la necesidad de apoyar a la familia a vivir su vocación. En vez de ello, la familia cristiana se encontró inmersa en un debate entre la doctrina auténtica y opiniones heréticas. Tristemente, la familia cristiana, que ya estaba siendo marginada y perseguida, se halló así misma siendo no solamente amenazada por las asechanzas de la “cultura” de la muerte, sino incluso preguntándose si la doctrina de la Iglesia sigue siendo segura. Mientras esperamos la traducción completa de la Relación Final, agradezcamos a Dios por los líderes de la Iglesia que, a pesar de la presión y la intimidación que sufrieron durante el Sínodo, valientemente defendieron a la familia y su vocación. Debemos agradecerles y animarles a no claudicar en esta batalla tan importante. Las familias cristianas que viven fielmente su vocación en Cristo necesitan que se les anime, se les ayude y se les proteja. Después de todo, ellas son las que están en peligro. Como dijo el Cardenal Dolan, de Nueva York, durante el Sínodo, las familias fieles ahora son una minoría que necesita un apoyo especial. Tal parece que algunos en el Sínodo olvidaron esta realidad o nunca se dieron cuenta de que la misma existía.

Por el Padre Shenan J. Boquet Presidente Human Life International   www.vidahumana.org.

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